Muñequitos que traumaron nuestra infancia

Eran las 6 de la tarde. Y tú, con la mochila en el suelo y la merienda a medio terminar, sabías que venía tu dosis diaria de angustia.

No sé quién decidió que la tanda infantil era el momento perfecto para enseñarnos sobre la soledad, el peligro y las consecuencias de nuestros actos, pero claramente esa persona no tenía hijos. Lo cierto es que las producciones cubanas muchas veces venían con moralejas durísimas y varias generaciones crecimos con traumas animados que hoy recordamos con una mezcla de risa y escalofrío.

Aquí van cuatro de los que nos marcaron y no en el mejor sentido.

🐰 Las orejas de Canela: la amenaza higiénica más efectiva de Cuba

Canela nos enseñó algo que ninguna abuela había podido: que hay que bañarse. Y lo hizo con una imagen tan gráfica que décadas después todavía la recordamos.

Este conejito blanco —o medio blanco— andaba con las orejas tan sucias que parecían dos traperos. No se bañaba por flojo, y claro, un día le empieza a salir una mata en la oreja. Una plantica, ahí, creciendo. No era un cuento bonito. Era una advertencia biológica.

¿El mensaje? "Te va a salir una mata en la oreja como a Canela". Y funcionaba. Cada vez que un niño cubano se resistía al agua jabonosa, aparecía un adulto con la amenaza. Y el niño se metía rápido bajo la ducha. Canela hizo más por la higiene infantil que todos los manuales de salud pública juntos.

Dirigido por Tulio Raggi en 1985, este corto del ICAIC se metió en la memoria colectiva y ya no salió más.

🦌 La gamita ciega: cuando hacer travesuras salía carísimo

Si Canela te enseñaba a bañarte, la gamita ciega te enseñaba a no meterte con lo que no debes.

Este corto de 1986, también dirigido por Tulio Raggi, está basado en un cuento del uruguayo Horacio Quiroga. La historia es simple y brutal: una gamita traviesa se lleva la miel de una colmena, a pesar de las advertencias de su mamá. Una noche encuentra lo que cree que es otra colmena, pero resulta ser un nido de avispas. Las avispas la persiguen y le pican hasta en los ojos. La gamita queda ciega.

Sí, leíste bien, ciega, por desobediente. La mamá tiene que pedir ayuda a un cazador, prometiéndole la piel de una víbora a cambio. 

Al final, la gamita recupera la vista. El cazador le muestra un tazón de miel. Y la madre le suelta la frase final: "¿Quieres? Tú decide". La responsabilidad, el libre albedrío, las consecuencias... todo en 8 minutos de animación. Un psicólogo infantil de la época hubiera salido corriendo.

El Güije de Manguito: el que salía del río a asustar

Y también estaba el Güije de Manguito. Este no era un conejito sucio ni una venadita imprudente. Esto era otra cosa. Mucho más profundo. Mucho más ancestral.

El Güije, también conocido como Chichiricú, es una criatura mitológica del folclor cubano, un duende característico del Caribe que habita en ríos, charcas y lagunas . En la animación cubana, lo representaban como un negrito desnudo, de ojos saltones y facciones grotescas, que podía salir del agua en cualquier momento para asustar a quienes se acercaban demasiado a su territorio, y hacer que la gente se desmayara del susto. No era un villano con mala intención, era algo más primitivo: el guardián del monte, el que protegía los ríos y castigaba a los imprudentes.

Hay muchas versiones sobre los Güijes. Algunos dicen que son protectores de la naturaleza, otros que son pícaros y malditos, capaces de cualquier cosa. Pero lo que todos recordamos es esa imagen: el negrito desnudo, los ojos saltones, y el miedo de estar cerca del río cuando empieza a oscurecer.

El historiador Fernando Ortiz, en su libro Historia de una pelea cubana contra los demonios, explica que el güije es el gnomo o duende cubano por antonomasia . Y los animadores cubanos lograron llevarlo a la pantalla de una manera que se nos quedó grabada para siempre.

Osain del Monte: el misterio afrocubano en 9 minutos

Si el Güije era el guardián del río, Osain del Monte era el dueño absoluto de la naturaleza.

Basado en el cuento Akeké y la jutía del escritor cubano Miguel Barnet, este corto de 2003 dirigido por Mario Rivas nos introducía en el imaginario afrocubano de la manera más cruda y fascinante posible. Osain es un orisha de la vegetación, y al final del animado es castigado quedando cojo, manco, tuerto… de una forma que para un niño definitivamente era una experiencia alucinante. 

No había colores pastel ni canciones alegres. Había tambores, misterio, y una sensación de que el monte cubano guardaba cosas que era mejor no perturbar. La leyenda de Osain no era un cuento para dormir; era una advertencia de que hay fuerzas más grandes que nosotros, y que hay que respetarlas.

El corto duraba apenas 9 minutos, pero se te quedaba grabado para siempre.

🌴 De trauma a identidad: por qué los recordamos (y los buscamos en YouTube)

En cualquier esquina del mundo donde se junten dos cubanos en algún momento, alguien suelta: "¿Te acuerdas de Canela, el de la mata en la oreja?". Y el otro responde: "Coño, y la gamita ciega... esa mierda me traumatizó". Y luego: "¿Y el Güije ese que salía del río? Ese era el que más miedo me daba".

Y se ríen. Y por un segundo, están otra vez en esa sala, con la merienda a medio comer, la tarea sin hacer, y la televisión encendida.

No es que estos muñequitos fueran "buenos" en el sentido comercial. Muchos eran duros, tristes, incluso crueles. Pero los vimos tanto, tantas tardes, tantos años, que se nos metieron adentro. Son nuestro código secreto. Nuestra prueba de cubanidad. Nuestra membresía a un club del que nadie pidió ser socio, pero del que nadie se quiere ir.

Porque al final, el trauma compartido no es trauma: es nostalgia. O al menos eso nos decimos para dormir tranquilos.

¿Cuál fue el tuyo? ¿Te amenazaron con la mata en la oreja por no bañarte? ¿Lloraste con la gamita ciega? ¿Te persigue aún la imagen del Güije saliendo del río? ¿O te impresionó Osain del Monte?

Déjanos tu recuerdo en los comentarios. Porque la infancia cubana también se construye con estos pequeños (y grandes) traumas animados.

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